Mientras llega el momento

lunes, 18 de febrero de 2008

"nada más nacer, comienzan a corrompernos.
crecemos y envejecemos en absoluta sumisión..."

"prefiero morir como un cobarde que vivir cobardemente"

Eskorbuto.

Mientras llega el momento.
por: Juenjui
A Alberto suelo sentir que lo desconozco. Me dicen que mi primer contacto con él fue un once de diciembre de 1980. Yo les creo a quienes me lo dicen, pero yo solo recuerdo como desde 1985 o 1986 más o menos. Recuerdo por ejemplo una noche de diciembre, esa tan esperada en la que uno recibía regalos enviados dizque por dios. Dormía en la misma habitación con mi hermanito. Mi cama estaba pegada a la pared en la que estaba la ventana. Ventana que daba al patio y que yo solía atravesar para intentar volarme de alguna pela ocasional que mi mama me diera. Por esa ventana entraba la luz del comedor. Esa luz proyectaba unas sombras en la pared de la cabecera de la cama: me encantaba despertarme cuando la noche había avanzado bastante y mirar las sombras de la pared. Creo que era porque eso significaba para mí que mi papá y mi mamá estaban aún despiertos, y eso me hacía sentir tranquilo. No sé, ahora creo que ese fue quizás mi primer contacto con el mundo de la imagen proyectada sobre una pantalla, digo, el primer contacto "consciente". Esa noche de regalos me desperté. La luz proyectaba las agradables sombras en mi pared y al lado de mi almohada encontré un camión. Era un camión que cargaba leña, por ahí seis u ocho troncos casi tan largos como el camión. Los troncos estaban envueltos por un caucho (una banda elástica de caucho, dirán en otras latitudes). Recuerdo esa noche y recuerdo que jugué muy dichoso al otro día. Ese es uno de mis primeros recuerdos de Alberto, cuando él tenía como cinco o seis años y todas sus preocupaciones eran realmente vitales e importantes, no como las de ahora.
Mi madre me contó hace algunos años que mi amigo imaginario se llamaba Juenjui. Después de que éste desapareció, Alberto y yo hemos sido fiel compañía. En mi casa mi papá y mi mamá trabajaban, por lo que pasé muchos días encerrado con llave en la casa, con mi hermano. Claro, nos hicimos compañía por muchos años, pero ambos fuimos creciendo y armando nuestros mundos, hoy tan diferentes... Así que sin Juenjui y con una relación diferente con mi hermano, Alberto y yo nos la pasábamos mucho tiempo a solas. Sobretodo jugando en el solar, enterrando tesoros que jamás encontré: quizás lo que enterraba eran aquellas partes de mí de las que debía deshacerme por el paso de los años: inocencias, alegrías, deseos, temores, amores...
Cuando Alberto tenía más o menos unos quince o dieciséis años ya conocía la vareta y se parchaba muy solo. Él no tenía un combo de amigos y amigas en su barrio, si tenía parceros con los que había jodido la vida y pasado muy bueno muchos años, pero no era un combo de esos que cuando uno crece sigue existiendo y de ahí salen parejas de novios y cosas de esas. No. De hecho éramos puros hombres: "solo parche antena". Entonces Alberto se parchaba solo: además de creer que para salir con una nena necesitaba plata, dinero, money, billullo, la liga... se sentía demasiado tímido. Entonces Alberto se parchaba solo, conmigo, a fumar moño. Una noche de viernes normal para Alberto consistía en tener en el bolsillo más o menos mil quinientos pesos: lo que lograba ahorrar de las mesadas de la semana, de los "algos". Con eso, pensaba Alberto, le alcanzaba para una cerveza y un vareto. Así que salía y caminaba unas tres cuadras, hasta un barrio de clase media alta. Allí unos manes, unos riquitos, vendían moño. ¡Unos porros más sabrosos que un putas! Una cuadra más abajo, estaba la licorera de doña luz. Allí compraba la pola y en la esquina de la cuadra donde quedaba la licorera prendía el porro y tomaba pola a sorbos muy pequeños para que le durara hasta media noche. En esas horas Alberto hablaba conmigo, intentando dar sentido a muchas ideas que le rondaban el coco, a tanto malestar que se iba acumulando. Este fue un tiempo muy importante para Alberto: aprendió a estar con él mismo, a conocerse, a hablarse sinceramente... y a escucharse. Sobre todo Alberto aprendió a estar en silencio, para escucharse y escuchar. Desde eso, el silencio -casi siempre- lo hace sentir tranquilo.
Muchos caminos llevaron a Alberto a ser lo que hoy es. Obviamente las instituciones tuvieron que ver mucho: colegio, boy scouts (dios, patria y hogar... puagh!!!!!), prestar servicio militar (dios, patria y orden puaaghhh!!!!) entrar a la universidad y ocho etcéteras... Lastimosamente, pero así fue. En esos caminos Alberto encontró seres encantadores, mágicos, cómplices, amigos y enemigos, amores y desencantos (que no podían ir separados), luchas, victorias pírricas, muchas derrotas.... Otra institución apareció en el camino de Alberto. Claro, también allí se cruzaron personas maravillosas. Pero sin duda esta fue muy jodidamente importante... el hospital. Alberto no se accidentó, ni le diagnosticaron alguna falla cardiaca o digestiva (aunque esta última la tenga y le genere una fuerte dosis de pedos diaria...). No tuvo que ser internado ni nada de eso. El hospital universitario San Vicente de Paúl. Aunque Alberto estudiaba medicina en ese entonces, no estaba allí precisamente visitando algún paciente. Estaba justo en el pabellón de psiquiatría, esperando a ver si un médico-profesor le hacía "el favor" de escucharlo, de atender las quejas de su padecimiento "mental". Fueron días jodidos. Alberto y yo peleábamos mucho: él sentía que le exigían dejar de ser lo que era y a la vez no tenia muy claro quien putas era. Diagnóstico: depresión severa. Fueron varios meses de "medicación psiquiátrica" hasta que Alberto comprendió que las pastillas de chiquitolina que le daban no eran el remedio. [cancioncita de salsa vieja que no sé cómo se llama: amarguras señores que a veces me dan. La cura resulta más cara que la enfermedad...] Alberto comprendió que el asunto pasaba por ser quien quería ser, o al menos por intentarlo. Sobre todo entendió la causa de su agonía cotidiana, del fastidio de vivir: tener que mentir: posar, hacer creer que uno es y que no es lo que otr@s quieren que uno sea y no sea. Rompió con varios asuntos: se fue de casa (un poco echado también, pa' qué), se salió de la universidad donde estudiaba medicina y se puso a vender artesanías en el parque Lleras pa' ganase la yuca... y la hierba. Pocas semanas después regresó a la casa de sus padres (de donde por cierto no lo han sacado de nuevo, convirtiéndose en el mueble más viejo de la casa...). Ese regreso fue con unas condiciones diferentes, con las que Alberto creía que podía tratar de ser él. Pastillas de uso psiquiátrico hubo bastantes después de eso (aunque ninguna medicada) y los intentos por abrirse de este parche terrenal no volvieron a presentarse: cuando estaba en primero de bachillerato un amigo muy cercano del salón de clases, al que le decíamos Pica y que su mama trabajaba con la cosa nostra en la mismísima Italia, sorprendió a Alberto rasgándose la muñeca izquierda con un tornillo que le había quitado a un pupitre... ese fue el primer intento fallido... Alberto superó el diagnóstico del gran doctorcito de mierda ese, aunque conserva un deseo enorme de darle unas puñaladas por pirobo y falto de ética... (algo que no explicaré pero que no tiene nada que ver con abusos sexuales).
Alberto ya no se sentía deprimido de vez en cuando al punto de querer morir, no. Ya no había episodios en los que sentía que la dicha cotidiana no estaba presente, no. Y esto no pasaba porque siempre se sintiera dichoso sino porque, al contrario, ya no lo estaba prácticamente nunca. Claro: reía, bebía, gozaba, pero sabía que todo era una farsa: la puesta en escena de la vida: vivir aunque eso signifique simplemente esperar la muerte. Como corderos que serán sacrificados en el altar de la producción, en alabanza al dios sistema.
Hoy, digamos que las cosas andan bien en términos generales. No siento algún problema en particular que me haga sentir desdichado ahora. Es algo que traté de enunciar en esta historia: la desidia hace parte de mi tostadez. Vivo, pero casi siempre es un trámite. Me descubro esperando la excusa que realmente motive mi partida; no tengo afán. Mientras llega la pelona, o la llamo, le busco la comba al palo, le pongo condimentos a la simplona vida. Realmente esto no se trata de la falta o de la existencia de ciertas condiciones materiales. En el fondo no sé del todo de que se trata, pero creo que a algun@s les gusta la idea de la felicidad y a otr@s no. Voy del lado del pesimismo, de la lágrima, de añorar sin optimismos, de caminar el paso a paso sin creer que llegaré al destino anhelado. ¿Y sabes qué?: esto que te digo es importante, no es algo triste, ¡esto me gusta!
Al igual que mis silencios, Alberto hace parte de mi historia. Soy y no sé hasta cuando. Y también sé que todo esto importa poco, pero qué va. Ahora decime alguito de vos, que todavía nos queda tiempo antes de ir a recibir el paquetico aquel, ubicarlo y detonarlo... y qué mierda si morimos en el intento.